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De aquí para allá

Publicado: febrero 28, 2016 en Uncategorized
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Durante la semana que acaba hoy he estado así, de aquí para allá. De Salamanca a Zamora y de Zamora a León. Llevando de un lado a otro mis historias, contando para niñas y niños, contando para adultos. He recibido muchos comentarios agradables y felicitaciones, estoy contenta. Han dicho de mis historias que son diferentes. Es un halago enorme y que me encanta, porque no solo reconoce una de las tareas de quienes contamos (tener un repertorio personal), sino que pone en valor la necesidad de lo diverso. Una cuestión importante en estos tiempos en los que desde tantos lugares se siente la presión de un pensamiento único, de una sola verdad, un sólo modo de hacer las cosas.

Aparte de la alegría de estos halagos, me llevo otras. Por ejemplo, el placer enorme de pasear por tres bellas ciudades, una de las cuales visité por vez primera: León. Hoy estuve intentando perderme en la zona vieja de la ciudad y entré en la basílica románica de San Isidoro. Acababa de terminar la misa, había corrillos en la puerta. Algunas señoras mayores se habían quedado en la iglesia y rezaban el rosario de rodillas en los reclinatorios. Me fijé que en algunas piedras de las paredes había marcas con forma de flecha y pensé que habían servido a los constructores para señalar posiciones de colocación. Seguí mirando con atención y descubrí una letra, la b. Buscar estas marcas se convirtió en un juego. Fui mirando a la altura de mis ojos y encontré una en forma de ballesta, más letras, y terminé por fotografiar algunas de ellas.

Me encantó encontrarlas, tocarlas y especular. ¿Serían señales de los canteros? Imaginé la necesidad de perdurar, de decir “yo hice esto”, “existo”. Pensé en los gestos que las hicieron posibles. Tal vez alguno de ellos haya desaparecido para siempre, pero otros perduren, como perduran y se pierden los gestos cotidianos: los del trabajo o esos de todos los días que hacemos sin darnos cuenta. ¿Cuántas mujeres antes que yo se habrán mirado al espejo y habrán pensado “hoy estoy guapa” o descubierto una nueva arruga? ¿Cuántas lo harán cuando yo no esté? Y sin embargo, hubo una época remota sin espejos. ¿Qué gestos parecen aspirar a la eternidad en la repetición? ¿Cuáles son prácticamente irrepetibles? ¿Cuáles permanecen y cuáles desaparecen? A lo mejor un cantero del siglo XI, mientras marcaba una piedra para poder cobrar por su trabajo o para dejar una huella de su paso por el mundo,  trató de imaginar al desconocido que pasaría su mano justo sobre esa piedra. No podía saber de mi. Pero imaginó mi mano recorriendo su marca, tal y como yo trato de imaginarlo a él. Su señal nos une aunque lo haga con un vínculo imposible. Estas palabras que ahora escribo son marcas de cantero.

MARZO, de atrás hacia delante:
27. Sucedió en Arganda del Rey. Estoy contando. Y le veo, ahora con los ojos abiertos, ahora con los ojos cerrados. Se me ha quedado dormido sentadito en el suelo. A su alrededor el resto del público me mira, pero él, boca abierta, ojos cerrados, el niño que duerme sentado en el suelo, me hace sentir un enorme placer. Se le cierran los ojos y se le abre la boca ¿será para que los cuentos le entren por ahí?

25. Fuente de Cantos, Badajoz. Tres niñas se me cruzan de brazos y me miran desafiantes cuando comienzo a contar el cuento de Molly. Me parece natural. Y me encanta. Es genial que no se pueda decir impunemente a una niña que las niñas no sirven para nada. Y es una delicia ver como se van relajando y divirtiendo cuando se dan cuenta de que el relato va de todo lo contrario. Adoro a Molly Alboroto.

24. Los Santos de Maimona, Badajoz. “Eres mejor que la televisión”, me dice una señora. “Te llevaría a casa y te pondría al lado del brasero para que me contaras cosas”. Así eran las veladas tradicionales. La señora acaba de reinventarlas por su cuenta.

22. Cuentacuarenta. En Ávila, una mujer joven, recién salida de la adolescencia, (si no toda ella al menos sí su mirada enorme y azul), me dice: “Cuando cuentas lo veo todo” Y me parece un piropo gigante, viniendo de unos ojos tan grandes.
Muy pocas veces me han dado las gracias por un relato en concreto, ese domingo de Ávila he debido hacer bien mi trabajo. Un hombre se acercó para darme las gracias por la historia de las cartas, así, simplemente “Gracias por la historia de las cartas”. Pienso que a la familia que la protagoniza le gustaría saberlo, pero no sé cómo escribir cartas a los muertos.

18. Santiago de Compostela. Festival Atlántica. Comparto la función con Patricia McGill. Llevamos todo el día contando juntas y los niños y niñas del público nos hacen regalos inesperados: a Patricia una niña le confiesa “Yo soy un pájaro”. Lois me dice a mí: “Yo tengo un elefante y le he prestado el pijama.” En la última función del día fueron Lucas y su amiga: él me regala su sonrisa grande, ella sus carcajadas. Hay días en los que el público te da mucho, pero mucho más de lo que das. Nunca “Un beso para Osito” me había emocionado tanto.

16. Festival Atlántica. Decido estrenar cosas de La rubia, dejar que hable. Me doy cuenta de que ha sido una buena (y peligrosa) decisión. En el mundo absurdo en el que ella se mueve soy muy feliz. Ahora sé que La rubia va a querer más. ¿Habré creado un monstruo (rubio, naturalmente)?

6. Ballobar. Comparto función con Cristina Verbena. Es un gustazo contar con ella. Mientras cuento “La prometida del tigre” sucede algo que no me había sucedido nunca. Una señora de la primera fila adivina lo que va a suceder en el tramo final de la historia y lo dice en alta voz. Otra, no puede reprimir un gesto de desasosiego apenas un instante antes del desenlace. Estaban alli, no en la sala donde estábamos, sino dentro del relato, eran testigos de lo que sucedía. Lo veían todo. Lo sentían todo.

5. FragaTcuenta. Es el comienzo de un mes llenecito de trabajo. Un lujo. En la función para adultos que comparto con Cristina Verbena siento que nos vamos pasando palabras, motivos, temas… Como en las carreras de relevos. Aunque no es eso. Ella está brillantísima y es simplemente un placer estar ahí, jugando.

Placeres

Publicado: diciembre 21, 2013 en Uncategorized
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De los placeres de mi oficio. Me gusta hablar de ellos. Los hay evidentes, otros no lo son tanto. En Elche, invitada por el Festival Internacional de la Oralidad (permanente)-La Carátula, he tenido cuatro funciones. En dos de ellas he recibido inesperados regalos del público. En el Restaurante Tapería Malvasía, (donde se come muy bien, por cierto) al acabar Té de lágrimas una mujer del público dice en voz alta “Una taza, por favor”. En El carro de Tespis, de Sax, cuento Como Mary Poppins, y cuando acabo la función, ya he bajado del escenario, alguien me llama. Es un hombre del público que ha abierto su paraguas, agita la mano para despedirse de mí y se va volando.

Dos desconocidos juegan conmigo, con las historias que les cuento. No siempre logro comunicarme con el público como me gusta. A veces sé por qué. Otras no. Pero cuando sucede tengo muy claro hasta qué punto cuando cuento no hago la función sola. Soy la que tiene, obviamente, la responsabilidad. La que lleva de la mano. La que tiene que hacer bien su trabajo. Pero hay algo más hecho de la generosidad de quien me escucha, de quien está ahí abierto, disponible, jugando. Cuando ese algo más se da, mi oficio es el mejor del mundo. Vivo de él,sí, pero además del dinero que me dan por ejercerlo, recibo regalos como estos.

Hay más regalos hechos de la hospitalidad de mi familia ilicitana, del cariño que recibo siempre de ellos y de amigos y amigas que me acompañan cuando voy por allá. Son también placeres que me da el oficio. Gracias a él conozco a gente maravillosa. A veces, lo cotidiano es un regalo y, porque está siempre ahí, se nos olvida agradecerlo. Pero, como diría Perec, lo que realmente ocurre, lo que vivimos, es exactamente eso. Lo que está siempre ahí. Placeres triviales, ordinarios, comunes, que son el material del que estamos hechos, el lugar donde la vida es más real. No quiero olvidarlo ni dejar de agradecerlo.

una crítica

Publicado: diciembre 7, 2013 en Uncategorized
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Pocas veces, muy pocas, el oficio de contar historias recibe críticas profesionales. He tenido la suerte de recibir una muy buena. Si quieres leerla, mira este enlace

http://hoyenlacity.com/cuentame-un-cuento-y-si-lleva-consigo-un-pedazo-de-mundo-mejor/

Un pedazo de mundo, el espectáculo del que habla, me ha dado muchas satisfacciones. Estoy contenta. Es muy bonito saber que lo que hago gusta. Y también estoy contenta porque hay en lo que ha escrito Luzma G. Piqueres en Hoyenlacity una invitación a escuchar, a acercarse a lo que hacemos cuenteras, cuentistas, narradores orales, contadores de historias, y viajar.

Pues eso, ¡a viajar!

una única historia

Publicado: septiembre 21, 2013 en Uncategorized
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Gracias al blog de Soledad Felloza, La caja de los hilos, y la página de facebook de AEDA, encontré este vídeo. Me hace pensar. Las historias que nos contamos, los relatos acerca de nuestra propia vida y acerca de los otros nos construyen y construyen nuestra imagen del mundo. Que una sola historia lo domine todo no solo es empobrecedor y mentiroso, sino que hace daño. Hablaba el otro día con mi hermana acerca de los relatos que nos contamos de nuestra vida. ¿Cómo nos contamos a nosotros mismos? ¿Cómo contamos a los otros? ¿Qué pasa si quedamos atrapados en una sola de las historias de nuestra historia?

¿Qué historia…

Publicado: septiembre 10, 2012 en Uncategorized
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¿Qué historias escondidas, acontecimientos mantenidos en secreto, actualizamos sin saberlo, sin darnos cuenta, en nuestro comportamiento cotidiano? ¿Qué historias ocultas revela nuestra conducta? ¿De qué historia/acontecimiento no hemos podido salir y repetimos sin saberlo?

En todas las vidas hay, al menos, un acontecimiento. El acontecimiento que revela, ilumina, una vida o un carácter. A veces el acontecimiento es aventura, otras tragedia, comedia, drama… Y a veces, ese acontecimiento permanece sumergido en el mundo de lo no hablado. Su poder entonces es enorme, porque no se sabe, no se reconoce, pero está ahí, obligándonos a revelarlo en la acción, repitiéndose una y otra vez.Imagen

En estas cosas me hace pensar Silvia, la narradora de Selva. Huye de algo, cuenta una y otra vez la misma historia (¿para qué? ¿qué buscamos cuando hacemos esto?). Su huida la salva y la atrapa. La historia que cuenta, increíble, ¿qué encubre?

¿Qué sucedió realmente que no puede decirse sino a través de esa historia extraña? ¿Por qué a pesar de su huida no puede escapar de ella? ¿Qué nos sucede cuando no podemos hablar?